El hombre, con el correr de los años , se va transformando en un temible roncador. Su sistema nasofaríngeo , y quién sabe si su espíritu todo, se irá artillando de tal modo que , a la hora de soñar, recuerda un tableteo de metralleta o la aserradura de un trozo.
Así armado, será peligroso en el cine, en viajes nocturnos, reuniones latosas, o en cualquier otro dormitorio de la vida. Y será contragolpeado incluso por los que lo aman; como su esposa, que optará finalmente por molerle las costillas cada vez que ponga en marcha la motosierra.
Ya titulado como roncador, el hombre observa el plácido dormir de sus hijos, maravillándole ese sueño que , cual silencioso vuelo de ánima, deja las carnes a semejanza de una estatua tendida. Nada que ver con el futuro serrucho que se está gestando. Porque en el desastre que la edad va ofreciendo al organismo, se incluye el de estas musculaturas ubicadas en la trastienda de la boca.
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